¿Por qué las personas cambian tanto después de ser bendecidas?
¿Por qué se olvidan tan fácilmente de donde vinieron y de lo que Dios hizo por ellas?
¿Por qué el amor de tantos se enfría con el tiempo? Porque no se acuerdan. Porque decidieron olvidar quiénes eran y de dónde vinieron.
Prefieren apegarse a las conquistas y a los cambios de vida, en lugar de aferrarse al milagro que sucedió dentro de ellas.
Es como un casamiento: cuando ambos se olvidan de lo que los atrajo al inicio, ellos dejan de mirar a la persona amada y pasan a mirar solo los defectos.
Por eso, Dios insiste en recordarnos de dónde nos sacó, no para echárnoslo en cara, sino para mostrarnos quiénes éramos antes de Él y, así, volver a ponernos en el lugar correcto: el de siervos, no el de señores; el de agraciados, no el de merecedores.
“Cuando Israel era niño, Yo lo amé, y de Egipto llamé a Mi hijo”. Oseas 11:1

