Existe una diferencia fundamental entre la religiosidad y experimentar un verdadero nuevo nacimiento. Una persona puede estar dentro de la iglesia, asistir con frecuencia, participar de las actividades y aprender a orar, a leer la Biblia, a ayunar y a hacer cadenas de oración. En fin, puede aprender todo relativamente; sin embargo, nada sustituye el nacer de Dios.

Escrito esta:

«… siempre están aprendiendo, pero nunca pueden llegar al pleno conocimiento de la verdad».  2 Timoteo 3:7

La Iglesia es un lugar propicio para aprender; y las personas aprender a entregar la vida al Señor Jesús, aprenden bautizarse y a perdonar, pero muchas veces no pasa de un aprendizaje religioso, pero continúan sin asimilar verdaderamente el nuevo nacimiento. Quien nace de Dios y recibe el Espíritu Santo deja de depender de los hombres, pues su fortaleza proviene directamente de Él.

El religioso no logra cumplir la palabra de Dios: no pasa de un rito religioso, pues no consigue amar a sus enemigos, abstenerse del amor al mundo ni perdonar a quienes lo ofenden; tampoco logra renunciar a su propia voluntad. Se mantiene durante años en la iglesia, pero aun guarda malos sentimientos del pasado, y vive atado a sus propios deseos, a los vicios, a la mentira y a los deleites del mundo.

¿Por qué ocurre esto si frecuenta la iglesia y recibe oración constantemente? Porque es únicamente un religioso; no ha nacido de nuevo. Asiste a la iglesia como quien simplemente cumple con un rito.

Nacer de nuevo significa morir en este mundo. cuando la persona entrega su vida al Señor Jesús de hecho y de verdad el Espíritu Santo pasará a habitar en ella.

«Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe». 1 Juan 5:4

Observe que solo quien nace de Dios recibe la capacidad de vencer al mundo, en otras palabras, quien nace de Dios obtiene la fuerza necesaria para vencer al mal, los problemas, las injusticias y las persecuciones. Nada lo desanima ni lo vence; no se deja derrotar por el pecado ni por las dificultades de este mundo, sino que se vuelve invencible.

Jesús fue claro al respecto en el Evangelio de Juan: «En verdad, en verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios…». Es posible engañar a las personas con una apariencia de piedad, pero a Dios no se le puede engañar. Quien no ha nacido de Dios termina actuando fuera de la iglesia como un incrédulo.

«Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva». Romanos 6:4-6

Para recibir el Espíritu Santo, es necesario morir para sí mismo, morir para el mundo, a través del bautismo, en las aguas. Solo así estarás apto para el bautismo con el Espíritu Santo

Pues el bautismo en las aguas representa el sepultamiento de la vida antigua y sus malas acciones. Es la decisión voluntaria de renunciar al orgullo, a la vanidad, a las malas amistades, a los pecados y al propio “yo”.

El bautismo en las aguas no es un acto simbólico para alcanzar un milagro, sino para sepultar a la vieja naturaleza. No se puede sepultar a alguien que aún está vivo. Por ello, una persona no puede bautizarse si continúa viviendo en el pecado sin intención de abandonarlo.

Una vez que la vieja criatura ha muerto y es sepultada en el bautismo, se cumple la promesa expresada en 1 Samuel:

«Entonces el Espíritu del Señor vendrá sobre ti con poder, profetizarás con ellos y serás cambiado en otro hombre».

Cuando hay una entrega genuina, el Espíritu Santo transforma por completo la vida de la persona.

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